Hay un camino de tierra que une dos pueblos y que todos evitan de noche. No porque esté feo el camino: porque hay uno que siempre pasa de madrugada.

No se ve el autito hasta que ya está casi sobre vos. Siempre a la misma hora, siempre con las luces apagadas, siempre tan despacio que parece flotar. Dicen que si lo saludás, no podés dejar de salir a la ruta esa hora durante semanas, esperando que vuelva a pasar.
Un viejo del pueblo me contó que hace veinte años, un repartidor murió en ese camino un día de niebla. Que el auto apareció meses después, abandonado, con el motor frío y las llaves en el contacto.
Nadie puede confirmar la historia, pero todos saben la hora en que no hay que mirar el camino.
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