Toda banda de rock es una bomba de tiempo: plata, prensa, giras y tres o cuatro egos grandes conviviendo en un micro. La historia está llena de separaciones que empezaron por una discusión estúpida.

Está el caso de la banda que se separó en pleno aeropuerto porque uno no quería viajar en el mismo vuelo que el otro. Está la discusión por los créditos de una canción que terminó con un sello judiciente. Y está la más clásica: el cantante que empezó a creerse la portada de la revista y dejó de saludar a los músicos.
Lo curioso es que en muchos casos la banda seguía sonando bárbaro. El mercado pedía más discos, pero la convivencia era imposible.
La moraleja sirve para todo: el talento te abre la puerta, pero el carácter es el que te mantiene adentro.
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