La industria ve cómo el vinilo sigue trepando mientras los servicios de streaming pelean por cada centavo. Hay un montón de motivos, y no son solo "viejismo".

El vinilo tiene algo que el algoritmo nunca dio: ritual. Sacás el disco, lo apoyás, mirás la portada grande, ponés la aguja y el crujido te avisa que empieza algo. Es una ceremonia de tres minutos antes de que suene la música.
Además el arte vuelve a importar: hoy las portadas se rediseñan para el formato grande, y los artistas incluyen notas, fotos y hasta posters.
¿Y el streaming? Es pura comodidad: toda la discografía de la historia en tu bolsillo por un precio de dos cafés. Pero también es una plataforma que rota la música como contenido de consumo rápido.
Mi teoría: no es uno u otro. Uno necesita el fondo musical infinito del streaming y el amor de las cosas con tapa dura del vinilo. Son dos lenguajes distintos para dos momentos del día. Y el mejor momento del vinilo es el domingo a la tarde, con la casa en silencio.

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