En los 90 había dos bandos en cada patio del barrio: los de Nintendo y los de SEGA. Y la rivalidad no era solo de los pibes; era una guerra de marketing feroz.

SEGA llego a la Argentina con la generic y la Mega Drive, y Nintendo respondía con la SNES. Los juegos definían el bando: si eras de "Sonic" eras de SEGA; si defendías a "Mario" e "Zelda", eras de Nintendo. En las revistas se armaban debates épicos por la velocidad del scroll y las cuentas de colores.
La guerra terminó mal para SEGA en el terreno de las consolas domésticas (su Dreamcast cerró ciclo en 2001), pero la marca sigue viva como editora de juegos y propiedades como Yakuza.
La nostalgia que generó esa rivalidad es tan grande que hoy se venden consolas mini de ambos lados.
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