Dicen que ser adulto es poder comprarte chocolate en la mañana. La parte que nunca mencionan es que el chocolate ahora cuesta lo de una cena y que "comértelo" es el único gasto permitido en tu presupuesto del mes.

La lista de mandados de la vida adulta es un poema épico: comprar papel higiénico de 12 rollos y sentir que el mes está asegurado; pagar la tarjeta "de un solo uso" y que al otro día ya vuelva a recibir avisos; entrar al super con $30 y salir con un chorizo de aire inflado de papel.
El gran plot twist: nadie te enseña que los impuestos existen, que lavar la ropa es un deporte (o aprender a usarla es un entrenamiento), y que "mejor compro el más barato para ahorrar" genera 4 vueltas más al precio más caro.
Y encima la felicidad adulta se mide en "dormir toda la noche" y en "encontrar el control remoto donde lo dejaste". Un glamuroso festival, la verdad.
¿Lo mejor? Que a todos nos pasa y ninguno admite saber lo que está haciendo. Estamos todos improvisando, y eso, al final, nos une.

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