Tengo una NES funcionando desde las 90, con un cartucho de Zelda que soportó dos mudanzas, un incendio vecino y mi sobrino. Sí, soy de esos que sopla el cartucho antes de ponerlo, aunque en la puerta diga que no hay que hacerlo. Es un ritual.

Lo que más me fascina de los juegos de esa época es que eran difíciles de verdad. No te regalaban nada: tres vidas, uno contra todos y a ver cómo aguantas. Cuando ganabas, la satisfacción era otra cosa. Hoy me saco una semana para pasarme un juego y aún así me gusta poner la NES y perder diez veces contra Bowser.
Y no me vengan con que era falta de memoria del cartucho. La dificultad era parte del diseño: los arcades vivían de que te murieras seguido. Hoy lo entiendo y lo valoro más que nunca.
Si tenés una consola vieja guardada, sácale el polvo y prendela un rato. Es una cápsula del tiempo que todavía funciona.

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