En 1983, el mercado de videojuegos de Occidente colapsó en el famoso "video game crash" de Norteamérica: miles de cartuchos malos, tiendas quebradas y la gente convencida de que los juegos habían sido una moda pasajera. Y de las cenizas salió un plomero con bigote.

Nintendo había lanzado la NES (Famicom) en Japón, y en 1985 llegó a Estados Unidos con un juego que iba a ser el comprobante del resurgimiento: Super Mario Bros.
Shigeru Miyamoto no tenía mucho: la idea de un personaje que salta (técnica de plataforma heredada de Donkey Kong), un mundo de niveles escondiéndose en tuberías, y la necesidad de que fuera memorable. El resultado: un juego que literalmente enseñaba a millones a jugar con una nueva lógica de diseño (niveles, vidas, secretos).
El dato épico: el salto no era solo del personaje, era el salto de fe de una empresa que apostaba una industria entera a una consola con una mascota sin cara legendaria (aunque ya había dado sus primeros pasos en Donkey Kong y Mario Bros de 1983).
¿Sin Super Mario Bros? A lo mejor no hubiéramos tenido la "revolution" de los juegos modernos como los conocemos. El plomero no salvó a la princesa: salvó a la industria.

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