Los salones recreativos fueron el centro social de los 80 y 90. Se juntaba un huevo alrededor de una pantalla de 19 pulgadas y un tablero que olía a sudor y gaseosa. Era un circo con monedas.

El ritual tenía su ciencia: llegar, cambiar la plata en fichas, y decidir si invertías en el Street Fighter II o en el que te enseñaba un amigo a meter combos que nadie sabía usar contra máquinas. Porque sí: yo era de los que se aprendía los moves en la cabina porque no había YouTube.
Los arcades también crearon la leyenda del high score. Ver namelist completadas con tres letras por jugadores desconocidos era como leer un libro de historia local. Había héroes anónimos del Pac-Man que nadie conoció pero que todos temían.
Hoy recreo esa magia con retropies y cabinet, pero ninguna tarde de mando me devuelve el ruido de las máquinas prendidas de fondo y el ánimo del local cuando llegaba un desafío nuevo. Eso no se emula.

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